La clase política-corporativa, la que legisla y define las reglas de juego del tablero en el que nos movemos como peones, convive día a día mucho más cerca de los lobbies de poder (entiéndase banqueros, mandamases profesionales, grandes empresarios, asesores chupa-bote, cuarto poder y élite institucionalizada) que de los ciudadanos que les votan. La capacidad real que tenemos la gente-de-andar-por-casa para hacerles entender que queremos cambios estructurales con calado social es residual e insignificante. Y menos ahora que no tienen que negociar nada, y saben que están a tres eternos años de elecciones generales, el único hito al que los #PPSOEyCía le tienen un poquito de respeto porque puede condicionar al 50/50 su poltrona.
La gente de la calle, como tú y como yo, no pintamos nada frente al inmenso poder que tienen los lobbies que se reúnen semanalmente con ministros, diputados y cortadores-del-bacalao. Valemos sólo cada 4 años, dentro de unas reglas electorales muy mediatizadas, pero la realidad es que ahora mismo somos un cero a la izquierda.
Así que la única manera que tenemos de hacernos notar, de que se acuerden de nosotros, es respirarles al cogote. Me explico. Que cuando estén en sus reuniones secretas con la élite insultante que diseña el futuro de 40 millones de españoles, que sepan que los estamos vigilando, que les vamos a exigir que hagan lo correcto, y que sentimos rabia por la impunidad con que se protegen unos a los otros. Que no estamos de coña, que estamos cabreados, muy cabreados, y eso lo tienen que percibir en todas partes: en las redes sociales, en las conferencias de prensa (a ver si los periodistas se espabilan y dejan de ser tan dóciles), en el parlamento y también en la calle.
Sigamos poniendo chinchetas en los sofás para que Celtiberia se levante de su larga siesta.
El asunto de la legitimidad es crítico en el diseño de la gobernanza, porque es lo que dota de autoridad genuina al poder.Yochai Benkler suele hablar de ello cuando examina un tema tan jugoso como éste: “Legitimacy in Cooperative Human Systems Design”. Su libro “The Penguin and the Leviathan” avanza algunas consideraciones al respecto.
Según Benkler, la legitimidad expresa las características de diseño de un sistema que permiten utilizar al poder de forma productiva pero al mismo tiempo reducir sus efectos negativos sobre la motivación. Dentro de esa lógica se enmarca esta idea que me parece muy potente: “Power can undermine intrinsic motivations”.
La clave parece estar en que la gente participe en el diseño de las normativas, porque eso aumenta su legitimidad, y así su seguimiento.
Las florituras no añaden valor genuino, pero sirven para maquillar las malas ideas y los proyectos sin significado. Por suerte hay alternativas. Por ejemplo, confiar en la autenticidad y suprimir lo superfluo.
Tiene razón Douglas Rushkoff cuando dice que “Tu eres lo que la experiencia de usuario diga, y no lo que anuncies en tu publicidad”, pero las empresas y las instituciones no se enteran. Siguen abusando de las apariencias cuyo coste endosan a la factura del cliente o ciudadano. La parafernalia es cara, y alguien tiene que pagarla. O sea, tú y yo.
La solución es apostar por la informalidad bien entendida, es decir, por la naturalidad. Si hicieran eso, las empresas/instituciones serían realmente lo que parecen y no malgastarían su tiempo complaciendo modelos “vendibles” de comportamiento que además de distraerles de sus objetivos, podrían convertir su identidad en un patrón estándar que quizás los clientes no valoren como ellas suponen.
Los clones son aburridos, y pasan inadvertidos por la plaza del mercado.
No me digas que me quieres, si me tratas mal. No me digas que soy muy importante para ti, si apenas te acuerdas de que existo. No me digas que me valoras como trabajador, si me pagas mal e injustamente, o me mandas al paro solo porque bajaron tus beneficios. No me creo tu emotiva proclama de amor hacia los clientes, si el servicio que les ofreces es de puta pena. Deja de dar arengas y lecciones a los emprendedores, si nunca lo has sido, ni lo serás.
En fin, son los hechos, la rotunda fuerza de los hechos, lo que importa frente a la fragilidad de la palabra, que se la lleva el viento.
“Desinflar los neumáticos de los coches, pintarrajear las vallas publicitarias del metro, organizar el « día sin compras»; pero todo esto es tan insignificante, tan ruidosamente exagerado tan «desechable» como los productos denunciados por los nuevos militantes. Han llegado los tiempos del «radicalismo portátil», de la disidencia lúdico-espectacular, llamativamente en sintonía con el espectáculo publicitario (…) Lejos de hacer descarrilar el sistema, proporcionan nuevo combustible al orden mediático-publicitario (…) Es una rebelión confortable, una protesta-entretenimiento…”
Gilles Lipovetsky
“Palabras como “amateur” y “diletante” son hoy en día etiquetas ligeramente despreciativas. Pero originalmente “amateur”, proviene del verbo latino amare, “amar”, y se refiere a una persona que ama lo que hace. De forma parecida “diletante”, del latino delectare, significa “encontrar delicia en”, era alguien que disfrutaba realizando una actividad determinada.
Los significados más antiguos de estas palabras, por lo tanto, atendían a las experiencias en lugar de a las realizaciones; describían las gratificaciones subjetivas que obtenían los individuos al hacer las cosas, en vez de puntuar lo bien o mal que las realizaban.
Nada ilustra tan claramente nuestras actitudes cambiantes hacia el valor de la experiencia como el destino de estas dos palabras. Hubo un tiempo en que era admirable ser un poeta amateur o un científico diletante, porque significó que la calidad de vida podría ser mejorada al ocuparse de tales actividades.
Pero el énfasis se ha volcado cada vez más en valorar los comportamientos en vez de los estados subjetivos: lo que se admira es el éxito, el logro, la calidad del rendimiento en vez de la calidad de la experiencia. Consiguientemente ha llegado a avergonzar ser llamado un diletante, incluso aunque para ser un diletante haya que lograr lo que más cuenta: el disfrute que nos proporciona las propias acciones”
Fuente: Mihaly Csikszentmihalyi (“Flow”)
Cuanta razón tiene Jean-Pierre Dupuy cuando dice que ”No queremos creer lo que sabemos”. Tenemos evidencias más que suficientes para sospechar que estamos haciendo muchas cosas mal, pero seguimos como autómatas usando modelos que ya no nos valen.
Por ejemplo, concebir la opción de decrecer en vez del “cada-vez-más”, y de aminorar la marcha en lugar del “cada-vez-más rápido” se antoja un desafío complicado para los que nos dedicamos a la innovación: ¿cuándo paramos? ¿cuándo descansamos? ¿cómo y por qué? ¿estamos gestionando bien las expectativas? ¿por qué tanta obsesión con “crecer” si lo que importa es “desarrollarse”? ¿cuándo vamos a escapar de la dictadura de los números para reivindicar la calidad de la experiencia?
Estas cuestiones me las plantee en su momento, y encontré buenas respuestas en las tesis de la Filosofía del Decrecimiento y del Movimiento Slow. Comparto aquí un artículo sobre el tema por si te interesa. Descubrir estas propuestas me abrió mucho los ojos…
Deberíamos saber que un buen emprendedor nunca se tira a la piscina vacía pues al contrario de lo que muchos creen, no ama el riesgo sino que lo gestiona bien. Pero lo que es más importante: ¡¡tampoco se tira a la piscina llena!! porque sabe que en ese momento ya ha dejado de ser una oportunidad.
Este es un error común de los emprendedores perfeccionistas que calculan demasiado. Si esperas a zambullirte en la piscina cuando la temperatura esté ideal, la altura del agua sea la óptima y el agua esté cristalina, lo más probable es que tengas muy pronto que compartirla con muchos más, y dejará de ser el paraíso que era.
Por eso, debes atreverte a entrar en la piscina cuando no sea tan evidente que vale la pena, cuando el agua apenas alcance el mínimo de profundidad para no romperte la cabeza y su temperatura todavía asuste a la mayoría pero tú puedas soportarla.
¿recuerdas las punto.com? pues que los que se lanzaron a la piscina “perfecta” terminaron pagando la factura de los que en su momento parecían bañistas temerarios, y que no eran otra cosa que personas dispuestas a asumir ciertos riesgos, y sobre todo, buenos cazadores de oportunidades.
“Cuando un ordenador deja de reaccionar a las teclas, por lo general se debe a que se halla atrapado en uno de esos bucles infinitos, funcionando a la perfección, obedeciendo una orden tras otra, sin tener ni idea de que está atrapado en un bucle. Las personas pueden estar atrapadas en bucles infinitos y no tener idea de ello (…) La vida de muchas personas ha caído en un bucle infinito, donde el consumo es su terapia predilecta”
Fuente: Fragmento del libro “El primer millón” de Po Bronson
Este mini-post lo publiqué hace algunos años en la sección de “píldoras” de eMOTools, pero lo recupero y actualizo para mi Tumbrl, a raiz de su mención por Federico Mayor Zaragoza en “Salvados”:
Adoro a los “innovadores sociales”, a esa gente que rompe esquemas y tiene el coraje necesario para alzarse contra el status quo que retrasa el progreso. Hablo de personas que hacen cosas para cambiar el mundo. En definitiva, hablo también de “innovadores” en el sentido más estricto de la palabra porque cambian mentalidades y hábitos, algo que es bastante más difícil que crear o mejorar productos y servicios.
Cuento todo esto inspirado en el ejemplo de Rosa Parks. La innovación de esta valiente señora consistió sencillamente en no levantarse un día de su asiento del autobús. Así de sencillo y de tremendo.
El 1 de Diciembre de 1955, es decir, hace más de 50 años, esta costurera negra rehusó ceder su asiento a un hombre blanco en un autobús público de Montgomery, Alabama, como establecía la Ley de entonces. Como bien nos recuerda Michael Moore en su libro “Estúpidos hombres blancos”, de donde extraigo este pasaje, el color de su piel la obligaba a ello, pero su gesto de coraje sacudió los cimientos del país.
Coincido con Moore en su reflexión: Rosa Parks nos demuestra que es posible impulsar grandes innovaciones sociales cuando al menos una persona de conciencia limpia y fuerte decide actuar. Te invito ahora a que mires a tu entorno, y sin dramatizar, pienses dónde quedan asientos de los cuales valdría la pena no levantarse.
“A las ideas hay que tratarlas como a los gatos: hacer que ellas nos sigan. Si usted intenta acercarse a un gato y levantarlo, el animal no lo dejará. Tienes que decirle: ‘Bueno, vete al diablo’. Entonces el gato se dirá: ‘Un momento, éste no se parece a la mayoría de los humanos’ y, entonces luego, por curiosidad, se pondrá a seguirte: ‘Vaya, a ti que te pasa: ¿no me quieres?’. Con las ideas ocurre lo mismo. Las ideas me seguirán, y cuando bajen la guardia y estén listas para nacer, me doy la vuelta, y las atrapo. Ahí está el gran secreto de la creatividad”
Ray Bradbury
“Muchos banqueros, inversores, políticos, investigadores, profesores universitarios y funcionarios públicos deberían haber trabajado en fallidas start-ups para comprender la soledad del emprendedor, la dificultad de emprender con éxito y de llevar a la práctica una idea o una teoría (…) Hace meses fui invitado a un debate entre emprendedores y la banca en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. La conferencia era: Emprender en tiempos de crisis y allí había un representante de Bancaja. Mi pregunta hacia él fue: ¿Por qué los bancos creen que ellos NO deben “emprender en tiempos de crisis” y sólo deben hacerlo los particulares?”
Hugo Pardo Kuklinski
“En los últimos años, la ciencia ha ido más lejos y ha llegado a la conclusión de que, en determinados casos, es mucho más segura la intuición que la razón. ¿Cuándo? Cuando no se dispone de toda la información necesaria. A menudo, menos información es mejor que mucha información. Un ejemplo: ¿qué población tiene más habitantes, Toledo o Guadalajara? Si la pregunta se hace a españoles, que sobre este particular tienen bastante información, la opinión estará muy dividida. Si la misma pregunta se hace a ciudadanos franceses que han oído hablar de Toledo alguna vez estudiando la historia, pero poco más, el porcentaje de aciertos en las respuestas será, con toda probabilidad, más cercana a la realidad: Toledo”
Edward Punset
Manolis Glezos, un tipo de 89 años, es el héroe de la resistencia griega contra la ocupación de Hitler, cuya hazaña más simbólica fue encaramarse a lo alto de la Acrópolis para arrancar de allí el blasón nazi. Leyendo ayer un artículo en el país.com, el que se ha convertido hoy en uno de los símbolos del activismo contra los recortes en la arruinada Grecia decía que la sociedad griega se divide en cinco grupos:
- Los acomodados, que están bien
- Los que no sienten, ni padecen
- Los que saben que están mal, pero no hacen nada
- Los que salen a la calle a romper cosas y desahogarse
- Los que salen a la calle y saben muy bien por qué luchan
Me suena, me suena mucho esta tipología. La veo perfectamente reflejada en la sociedad española. Ahora la cuestión será ver qué grupos pesan más en el desenlace de esta historia. Y yo espero que sea el último…
Queremos cosas gratis, mientras más mejor. Qué cómodo eso de usar sin pagar. Mola, es una gozada. Pero las cosas cuestan, incluso en el mejor de los casos en que no tengas que soltar pasta por ellas.
“Gratuitud” es una palabra que me inventé de combinar “gratuidad” con “gratitud”. Me sirve para decir que la gratuidad es viable solo si somos capaces de honrarla de algún modo: reconociendo a la fuente como merece y/o retribuyendo a quien nos ha entregado algo de valor, en principio, a cambio de nada.
Lo que llamo “gratuidad” no es algo-gratuito-de-por-vida porque las cosas siempre cuestan, sino aquello que puedes usar, probar y disfrutar sin que te exijan pagarlo a priori, siendo tú quien elige después cómo gratificar y a qué precio. De este modo, “lo gratis” deja de serlo pero por voluntad del usuario agradecido.
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